Una de las ceremonias más importantes que celebraban los indios de las praderas era la danza del sol. El ritual sioux comenzaba con la construcción de una cabaña, se cortaba un árbol que se colocaba en el centro del campamento y sobre él se ponían una serie de ofrendas. La danza duraba varios días, durante los cuales los bailarines daban vueltas al árbol mirando al cielo y sin tomar alimentos. Esto se hacía para solicitar poder de los espíritus. En un momento del ritual se colocaba un cráneo de bisonte entre los que danzaban y se cantaba lo siguiente:
«¡Wakan Tanka, ten misericordia de nosotros!, ¡queremos vivir! Esta es la razón por la que hacemos esto. Dicen que viene una manada de bisontes; ya están aquí. El poder del bisonte viene a nosotros; ¡ya está aquí! [...] ¡Wakan Tanka, míranos! El más próximo a los que andan en dos pies, el jefe de los que andan a cuatro patas, es tatanka, el bisonte. Aquí está su cráneo seco, al verlo sabemos que también nosotros nos convertiremos en cráneos y esqueletos y de este modo caminaremos juntos por el camino de regreso al Gran Espíritu [...]. Aquí en la tierra, vivimos con el bisonte y le estamos agradecidos por ello, pues él nos da nuestro alimento y hace dichoso al pueblo, es nuestro pariente [...]. ¡Oh bisonte, tú eres la tierra!»
Los indios trataban al bisonte como a un pariente, de forma que el hombre blanco con sus absurdas matanzas aparecía ante sus ojos como un loco o como un hombre tan codicioso que no tenía en cuenta las consecuencias de sus actos y no entendía el equilibrio de la naturaleza y sus reglas, aunque es sabido que las matanzas de búfalos justamente se hacían para matar de hambre y debilitar a los indios, y por lo tanto tenían una terrible lógica. El bisonte era considerado un ser sagrado con fuertes poderes y el mensajero de la supervivencia en las praderas. Las tribus vieron cómo sus territorios eran ocupados por los blancos y fueron debilitándose a causa de las enfermedades, las matanzas de bisontes y las batallas.