-Durante un siglo pervivió en oriente el Imperio Romano. Allí siguió desarrollándose el arte romano-cristiano, que fue origen del bizantino.
Las más importantes construcciones justinianeas están recubiertas de mosaicos que, junto a los mármoles de los pilares y suelos, producen una sensación de pompa sagrada, pero, además, tienen una importante significación simbólica.
En el presbiterio de San Vital aparecen tres escenas: en el centro, Cristo entronizado entre Vital y Eclesio, y en los laterales, los emperadores y miembros del clero presentando ofrendas. Este hecho, de tradición romana, se utiliza para subrayar la naturaleza divina de Cristo y la dimensión religiosa del poder temporal.
En el que aparece Justiniano y su séquito se le distingue acompañado de Maximiano, arzobispo de Rávena. No se trata de relatar (de hecho, Justiniano, que aparece como un joven, nunca estuvo en Rávena), sino de ofrecer un retrato simbólico -por lo tanto, convencional- del papel que se otorga a la figura del emperador o basileus. Su imagen está desmaterializada, aunque se respete el parecido físico y la verosimilitud en los objetos y vestimentas, con objeto de trasmitir una dimensión espiritual, alejada de la realidad. En esta percepción influyen algunas convenciones representativas, como el alineamiento de las cabezas a una misma altura (isocefalia), la frontalidad, los pies abiertos, los idénticos movimientos de los personajes o la planitud de los colores.
El Cortejo de Teodora, donde aparece la basilissa o emperatriz, tiene la misma función simbólica. La perspectiva deja de tener sentido como sistema de representación: las artes figurativas se ponen al servicio de un pensamiento religioso, sugerido a través de ellas.